Han pasado 48 horas y aún sigo sin creerme lo vivido en el Teatro Real de la Capital de España el pasado 1 de mayo. El Concierto de Europa de la Orquesta Filarmónica de Berlín, en su edición 21, se celebró por segunda vez en España–la primera en El Escorial en 1992–. Tantos escenarios de ensueño que han presenciado esta cita anual obligada de la Orquesta junto a las de Waldbühne y Año Nuevo: Londres el pasado año, Versalles, San Petersburgo, Estambul, Palermo, Lisboa, Estocolmo, Nápoles, Praga…., ése tan especial de Meiningen con Abbado en 1994 al que tengo tan especial recuerdo por una segunda de Brahms deliciosa. Tantos conciertos vividos por la pequeña pantalla. Caras conocidas las de la Orquesta–algunos dirigidos por Karajan– porque todas las semanas forman parte de mí desde que tengo uso de razón y en esta ocasión los iba a tener ante mí y en fecha tan señalada. ¿Se puede pedir más?
Ya en los exteriores del Real no era difícil adivinar que algo especial se estaba mascando: unidades móviles de televisión–el concierto se retransmitía por Eurovisión para 500 millones de personas, además de la grabación digital que en breve tiempo estará en la calle–, cableado tendido de un lado a otro y para mi sorpresa–la anécdota de la noche–una alfombra roja por la que desfilaron ilustres y famosos, lo más granado de Madrid, mentes ilustres como Vela del Campo, José Luis Pérez de Arteaga estaban allí. La Berliner regresaba al Teatro Real, todo un acontecimiento.
Patio de Butacas, fila 12 y butaca 19. Desde ésta mi casa durante dos horas que pasarían a la historia musical de este país, se podía observar el complejo entramado técnico de la televisión alemana. Pura perfección la de producciones germanas en las que se estructura cada plano de cada segundo. Cada una de las cámaras con un guión en papel y el minutaje completo del concierto. Conté 8 cámaras y dos pantallas gigantes colocadas sobre la Delantera de Paraíso. En una de ellas me pude gozar la que será la grabación y publicación en DVD del concierto–contando los días para hacerlo mío– y la entrada de la televisión alemana, típica en los Conciertos de Europa antes de conectar con la sala. Bajo los hombros del escenario, una especie de araña de alambre que abrazaba desde lo alto a la Orquesta con micrófonos que inmortalizarían el momento.
Salida de la Berliner al escenario. Emoción a raudales. Allí estaban: la guapísima violinista Maja Avramovic, Rainer Sonne, Peter Brem y su pelo blanco, Liebermann, Bastian Schäfer-qué grande!!-, en los vientos verdaderas eminencias como Andreas Blau, Sarah Willis, Albertch Mayer, la perfección hecha clarinete de Wenzel Fuchs y su concertino, uno de los tres con los que cuenta la Berliner, esta vez Daniel Stabrawa.
La disposición orquestal, una de las variantes de la colocación llamada centroeuropea por ser propia de orquestas alemanas: chelos al centro, enfrentados primeros violines y violas, y segundos junto a los primeros. Contrabajos al lado derecho y dos arpas colocadas tras los últimos atriles de primeros a la izquierda del Director. La Orquesta dirigida por su titular, Sir Simon Rattle.
Desde los primeros compases de una España de Chabrier fui consciente de que se estaban tomando muy en serio este concierto. Amigo, cómo será el resto del programa, si con este “España” han pintado de sabor español y de qué forma un teatro a reventar de público. Qué depararán las dos piezas restantes si son capaces de abordar con tal dominio esta partirtura.
Nos adentramos en el Concierto de Aranjuez. Su solista, Cañizares, quien sustituyó a su maestro, quién formó parte inicialmente del programa para posteriormente cancelar, Paco de Lucía. No eché de menos el cariz académico de esta mítica obra de Joaquín Rodrigo porque Cañizares nos supo cautivar y embelesar desde el primer segundo con su versión flamenca. La guitarra española, apoyada por dos pequeños monitores al pie del artista, en ningún momento se vio superada por un plantel de la orquesta reducido por Rattle para el concierto quién sin duda quiso de esta forma ofrecernos el Rodrigo más íntimo, más personal. Un segundo tiempo colosal que nos cautivó, que nos llegó al alma, un solista en perfecta conjunción con la dirección orquestal, miradas de complicidad y sonrisas entre ambos. Bárbaro, colosal…..
Tras el descanso de 15 minutos recuperamos la totalidad de la orquesta. La segunda sinfonía de Rachmaninov sin duda una de las obras cumbre del orbe musical del siglo XX. Qué decir de la interpretación orquestal en esta obra. Decir que fue perfecta sería quedarse corto. La supremacía de una cuerda empastada hasta límites insospechados y el grado de exquisitez de un viento único llevados de la mano de Rattle, respondiendo a cada uno de sus gestos, a cada una de sus miradas. Un final apoteósico y una reacción poco habitual del público del Real–con fama de frío– que apabulló a la Orquesta Filarmónica de Berlín y su director con los Bravos. Hasta la Serbia Maja Avramovic se vio sorprendida por la respuesta del público con una sonrisa y una mirada de sorpresa a su compañero de atril.
Memorable. Memorable la Berliner en su paso por Madrid. Gracias a sus 128 profesores por hacerme sentir tan afortunado. Por hacernos partícipes de verdaderos sueños hechos concierto. ¡Bravo!













