Eduardo Rodríguez Gutiérrez

Delirios de grandeza

In Uncategorized on diciembre 5, 2010 at 11:12 am

Aproximación de un ATR-72 a la pista 30 del Aeropuerto de Los Rodeos. Fuente: Jetphotos.net

Tendría 12 años, cuando Alberto, mi padre, llegó a casa con un aparato de radio. No se trataba de un receptor cualquiera, se trataba de un receptor de banda aérea. Así es, una radio capaz de sintonizar las frecuencias de la conocida como banda aérea situada dentro del espectro electromagnético, entre  118.000  y 136.975  Mhz, vecina puerta con puerta de la conocida por todos Frecuencia Modulada (FM), en la que, estructurados en diferentes frecuencias, se sitúan los sectores aéreos de la zona–en nuestro caso Control Canarias- y los diferentes aeropuertos diferenciando por Torre, Aproximación y Rodadura. Esta novedad y el hecho de vivir muy cerca de la cabecera 30 del muy querido por quién suscribe Aeropuerto de Los Rodeos (Tenerife Norte)–aunque no sea muy bien recordado por lo ocurrido el 27 de marzo de 1977–, despertaron en mí una afición incontrolada: la aviación civil,  la navegación y el control del espacio aéreo.

Recuerdo días de niebla en los que, alrededor del aparato, con sed de saber, como si recibiéramos las novedades llegadas desde el frente en un conflicto bélico, escuchábamos cómo los pilotos decidían “frustar” el aterrizaje, escuchando de fondo cómo esos aparatos metían gases y elevaban el morro, o cómo se debatían entre hacer una nueva aproximación o no dependiendo de la situación meteorológica, momentos éstos que ponían los pelos de punta. La afición fue a más y me compraron un nuevo receptor. Salíamos de excursión a la cabecera 08 del Aeropuerto Reina Sofía (Tenerife Sur) y pasábamos el día allí tomando fotos y comiendo bocatas de tortilla que Carmen, mi madre, había preparado, como todo lo que hace,  con el mayor cariño. Y así la afición fue “in crescendo” de forma incontrolada hasta que a día de hoy, no sólo soy un apasionado del tema que arrastra la Banda Aérea-ahora un Yaesu que en nada se parece a aquel Phillips que mi padre compró por 800 pesetas– aquí y allá. Además, realizo vuelos en red, soy “piloto virtual” (¿¿¿ehhh???) y se me sigue cayendo la baba cuando veo en aproximación final un avión con los flaps calados que, guiado por el ILS (sistema instrumental de aterrizaje), se dispone a tomar tierra y cerrar su plan de vuelo.

Todas estas vivencias que fueron forjando un verdadera pasión con el paso de los años, se formalizaron en una seria decisión de abordar las oposiciones para acceder a una plaza de formación de controlador de tráfico aéreo. Así fue, fueron dos los intentos y fueron dos los “cateos”.  Recuerdo en conversaciones con un controlador en activo, cómo me contaba lo fácil que fue acceder en su tiempo a la plaza: “prácticamente no tenía conocimientos de inglés, pero hice la traducción de un libro, un sencillo examen y ya estaba dentro”. Poco a poco la cosa se fue complicando hasta las oposiciones en las que me presenté, en las que el examen de acceso “sólo a la formación”, constituía  un auténtico muro casi imposible de franquear, unas pruebas que más se parecían a las realizadas por los astronáutas de la misión Apollo, una batería de diferentes exámenes y un reconocimiento médico en el que buscaban cualquier posibilidad, la más nimia, de que te quedaras fuera. Pasadas estas pruebas la cosa no quedaba ahí: comenzaba una formación en la que podías ser “descolgado” y enviado a casa. Recuerdo a filólogos expertos caminar hundidos en la miseria por suspender la prueba de inglés, ¡¡¡ su prueba !!!–esto me hacía recordar las palabras de aquel controlador y su “examen” de inglés–.  Recuerdo a otros que llegaban hasta Madrid –la última prueba–y quedaban en lista de espera tras pasar por varias de las oposiciones…para tratamiento psicológico.

Que los controladores me vengan a día de hoy con milongas absurdas, con excusas baratas, para decir que han sufrido un asedio continuo, que no han podido disfrutar de sus vacaciones, que se han visto “obligados” a realizar horas y más horas a un precio desorbitado, cuando han sido precisamente ellos y su sindicato los que han controlado con la ley del cerrojo el acceso y convocatoria de las plazas de nuevos controladores que habrían puesto en peligro su bienestar–más manitas entre las que repartir las ganancias–, me parece la mayor de las desfachateces jamás escuchada. ¿No se han dado cuenta en ningún momento de hacia qué derroteros nos llevaba su situación? ¿No se daban cuenta de que era insostenible?  Su reacción ha sido desmedida, desproporcionada, injustificable y espero y deseo que condenable. No merecen menos aquellos que han paralizado el espacio aéreo español, abierto a día de hoy por una excelente gestión de la crisis por parte del Gobierno,  generando unas pérdidas que a día de hoy nadie es capaz de cuantifcar (¿se les podrá hacer reponsables del lucro cesante?) y lanzando al exterior un mensaje que nada bien nos deja de cara al futuro. Hoy llegarán a Tenerife Sur 17 vuelos con turistas del norte de Europa, la llamada “temporada de los nórdicos”. Me pregunto cuántos–muchos de ellos repetidores–  se plantearán el regresar a las Canarias tras la que se ha montado.

Eduardo Rodríguez Gutiérrez.

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